No podemos ser Charlie, no nos pidan dejar de ser humanos.

 16/01/2015 12:49 GMT
escrito por Manuel Arismendi

La libertad de expresión, de la que tanto presume Francia, ha sido tomada como prisionera a través de una intensa campaña de agresiones gráficas, verbales y físicas hacia el Islam por la revista Charlie Hebdo; hecho violento, que violenta los derechos humanos de un grupo en particular, en este caso, de los musulmanes, no solo de Francia, sino del mundo.

Se entiende que la libertad de expresión es un derecho básico de todos los seres humanos, a ser ejercida sin presiones o coerción alguna, la que comunica los sentimientos y emociones para construir socialmente realidades, entendiendo que para ello se deben descartar, como seres racionales que somos, los ataques e insultos, porque, precisamente, la razón sería inherente a los seres humanos, cuya capacidad de entendimiento y buena voluntad les haría propender a la búsqueda del bienestar y paz, estados ideales para los seres humanos.

No obstante, portada tras portada, desde Charlie Hebdo se pasa por alto este principio para situarse en las antípodas del raciocinio, destruyendo la libertad individual de sus víctimas de turno, a saber: cristianos, judíos, y de preferencia, musulmanes. Lejos de fomentar el diálogo entre las civilizaciones o de servir como puente cultural, se opta por lo contrario: la burla, la agresión, el distanciamiento y el escarnio público.

Se atribuyen las muertes del personal que trabajaba en Charlie Hebdo a un grupo extremista, que dice, supuestamente, actuar en nombre del Islam. Veamos de forma breve los orígenes de Al Qaeda y de sus ramificaciones. Teniendo como nombre, Al Qaeda, “la base”, en idioma árabe, sirvió de plataforma para las operaciones de la insurgencia anticomunista en Afganistán durante los años 80.

Como domicilio ideológico, este grupo se sitúa en el wahabismo o salafismo takfirista, que considera fuera del Islam a las escuelas chiítas y sunnitas. Así, con esta visión, diversos subproductos wahabíes operan en el mundo: Talibán en Afganistán y Paquistán, Boko Haram en Nigeria, Abu Sayyaf en Filipinas, Al Qaeda en Yemen, Frente Al-Nusra y Daesh en Siria e Irak, así como Al-Shabab, en Somalia, entre otros. Todos estos grupos extremistas, buscan imponer, mediante el terror, una visión ajena al Islam, por provenir de un proceso postmoderno, empujado por corrientes neoliberales exacerbadas, que han recurrido a herramientas sociológicas de la inteligencia occidental para formar estos grupos y ponerlos a disposición de los intereses de las grandes potencias como Estados Unidos, para ejercer así una influencia geopolítica, económica, militar y cultural en los países musulmanes.

Consignar al Islam el móvil de estas muertes, lejos de ser erróneo, es pasar por alto la ocupación de los territorios islámicos, sobre los que operan los mismos grupos terroristas que perpetran atentados con miles de víctimas a diario, pero no en Francia, sino en las naciones musulmanas, pero de esto, los medios comerciales corporativos y sus periodistas no ponen atención, porque no son de sus intereses ni sensibilidad, sólo existe Europa, Estados Unidos o el régimen sionista de Israel para ellos.

No obstante, la revista Charlie Hebdo ha seguido con su campaña, esta vez intensificada con millones de ejemplares distribuidos en diversos países, continuando con su ideación, transformada en una obsesión por insultar al Islam y a millones de musulmanes, usando caricaturas con siluetas sexualizadas, esperando por ello, tal vez, la medalla del honor o el premio Nobel de la paz.

¿Esto es libertad de prensa? Si es así entonces, ¿cuál es el parámetro de respeto que tienen en Francia por los derechos humanos?, ¿la que aplicaban contra los argelinos cuando cortaban sus cabezas durante la ocupación militar de dicha nación árabe?, ¿la de la guillotina? o, ¿será la de los bombardeos franceses sobre las aldeas vietnamitas, laosianas o camboyanas?

Propiciar conductas de este tipo sólo sitúa a la revista Charlie Hebdo en el mismo extremo de quienes atacaron sus dependencias. No hay diferencia en usar un arma de guerra, que transformar a un medio de comunicación en un arma manipulación masiva, las consecuencias pueden llegar a ser las mismas, sólo depende de cómo se codifica la comunicación, es así como se calibra.

No podemos ser Charlie. No, bajo ningún punto de vista. Antes de eso somos seres humanos, con capacidad de entendimiento y diálogo. El odio que quede en poder de los países que desplazan miles de kilómetros a sus tropas para ocupar las naciones musulmanas, donde las personas son masacradas en nombre de una utópica democracia.

No podemos ser Charlie, no nos pidan dejar de ser humanos.

Manuel Arismendi Poblete, periodista y analista internacional chileno.

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