Hace más de  dos años que Sudán del Sur se convirtió en el Estado 54 de África, un país del tamaño de España y Portugal, ubicado en África Oriental, cerca a las conflictivas regiones de los Grandes Lagos y el Cuerno de África, en una de las áreas de influencia de los países del denominado arco del Islán.

Un Estado que enfrenta un cúmulo de líos por el control de sus riquezas petroleras, y por esto es que junto con Uganda y el Congo entró a jugar un papel preponderante en las disputas geopolíticas de las potencias en África. Igualmente desde el punto de vista geopolítico, también entró a jugar otros roles, debido a que con Uganda conforman los dos únicos enclaves cristianos en una región africana dominada por una población mayoritariamente islámica.

Su independencia no se definió ni en Jartum, ni en Juba, sino en Washington y Beijing. ¿Por qué? Con la desmembración de Sudán, las riquezas de las petroleras quedaron en el sur y las refinerías, oleoductos y puertos petroleros en el norte.

Es una nación de múltiples culturas y de ancestrales conflictos étnicos entre sus siete grupos, donde los más agudos se producen entre las dos etnias mayoritarias: la dinka y la nuer. Pese a que ambas antes de la Independencia habían pactado un acuerdo de paz, éste se rompió el año pasado y se reanudaron las mutuas matanzas. Un conflicto que se agudizó con las disputas por el dominio de las zonas petroleras y cuando el presidente Salva Kiir, perteneciente a la dinka, destituyó al vicepresidente Riek Machar, de la nuer.

El punto más crítico de sus disputas este año ocurrió cuando fuerzas militares leales a las dos se enfrentaron en un intento de golpe de Estado, liderado por Machar. Por consiguiente, el país enfrenta una guerra civil. Ahora, más allá de las disputas por el poder entre las dos, ambas a su vez representan los intereses de Estados Unidos y China, las dos potencias que se reparten las riquezas petroleras en este país africano.

Sudán del Sur con sus enormes reservas petroleras, calculadas en más de 6.400 millones de barriles, es parte del nuevo escenario en la lucha geopolítica entre Estados Unidos y China en el África. De allí se derivó el apoyo que recibió en su lucha por la independencia de estas potencias. Ambas con el surgimiento de este nuevo país afianzaron sus intereses económicos en África Oriental. Por eso fue que jugaron papeles trascendentales en el fin de la guerra en Sudán, en su desmembración y en la creación del nuevo Estado. 

La desmembración de Sudán fue el epílogo de dos guerras. La primera, ocurrida entre 1957 a 1972, y la segunda, del 2003 al 2005. El detonante de ambas fue el control y el reparto de las riquezas petroleras, entre un norte árabe y musulmán, y un sur cristiano y animista. 

Las luchas de los dirigentes independentistas del sur siempre estuvieron centradas en lograr una autonomía que permitiera el control del petróleo. 

El punto neurálgico de todos los acuerdos de paz que se firmaron, desde 1972, entre el gobierno y los separatistas, fue el reparto del petróleo entre las dos regiones. Un ejemplo es el acuerdo de paz que se firmó en 2005 y que puso fin a los años de guerra.

Ahora su independencia no se definió ni en Jartum, ni en Juba, sino en Washington y Beijing. ¿Por qué? Con la desmembración de Sudán, las riquezas de las petroleras quedaron en el sur y las refinerías, oleoductos y puertos petroleros en el norte. Tema que fue objeto de un proceso de negociación complicado, donde se pactó que el gobierno de Juba pagara a Jartum US$9,48 por cada barril de petróleo que pasa por su territorio.

Estado Unidos condicionó al régimen de Omar Hassan al-Bashir a respetar las reglas definidas en el proceso de paz y la celebración del referéndum sobre la autonomía del sur, a cambio de levantar el embargo, las sanciones y el retiro de la lista de gobiernos que apoyan al terrorismo.

Estados Unidos, con esos condicionamientos, no sólo le quitó al régimen de al-Bashir el control de las estratégicas riquezas petroleras, sino que debilitó su influencia en la Liga Árabe y en el mundo islámico, efecto también percibido con la fuente de financiación que le entregaba a organizaciones fundamentalistas como Hezbolá o el Frente Islámico de Salvación argelino.

En cuanto a China, para salvaguardar sus intereses económicos estuvo en el centro de la jugada. Porque el régimen de Beijing importa de Sudán el 7% del petróleo que consume y tiene millonarias inversiones en explotaciones, oleoductos y refinerías. Así como el lucrativo negocio de venta de armas y empréstitos que había otorgado al régimen de al-Bashir. Por eso movió sus fichas y pactó acuerdos para apoyar la independencia del sur a cambio de la protección y expansión de sus inversiones en el nuevo país.