Los niños de Hiroshima

6 agosto, 2016

Kenji Takashima (a la izquierda) y Hotta Hajime, dos de los sobrevivientes del bombardeo nuclear contra Hiroshima. Fotos del autor Foto: Del autor
Tres sobrevivientes de los bombardeos nucleares de Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagasaki aceptan conversar con Granma sobre la crueldad de aquellos días

Lo primero que sintió fue un relámpago. Apenas había comenzado la clase de Historia de Japón, la primera de la sesión de la mañana para tercer grado. El ruido de la explosión y el golpe de viento llegaron después. Hotta Hajime y su compañero se escondieron debajo del escritorio, como habían ensayado incontables veces en caso de bombardeo. La nube en forma de hongo apareció finalmente detrás de las montañas, a unos siete kilómetros sobre el centro de Hiroshima.

“La maestra nos mandó de vuelta a la casa. En el trayecto comenzó a caer una lluvia negra y llegué totalmente empapado”, recuerda Hotta, ahora con 80 años.

“Toda mi vida he estado aquí”, dice y recorre con la vista los macizos de la localidad de Toyama que lo protegieron aquella mañana del 6 de agosto de 1945.

Desde hace 1 200 años la vida es más o menos igual en esta apartada comunidad de Hiroshima. Mientras el carro serpentea las montañas para llegar hasta aquí, se va dejando atrás el aire ultramoderno de las ciudades japonesas. Lo techos son de tejas de barro y los cauces de piedra llevan agua a las terrazas donde se cultiva el arroz de la misma manera que en los tiempos de los samuráis.

Oficialmente hay unos 360 000 hibakushas, como se conoce a los sobrevivientes de los bombardeos nucleares de Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagasaki. Pero la cifra se hace más pequeña cada día. En Toyama, por ejemplo, quedan menos de una docena.

Tres de ellos aceptan conversar con un periodista extranjero, aunque conocen poco sobre el país de donde viene. Saben que es un archipiélago como el suyo y que está al otro lado del mundo, pero no mucho más. “Es importante que nuestra historia se conozca”, aseguran.

Hotta trae al encuentro los tomates que lleva cultivando desde su retiro. Parecen ciruelas y su sabor es igual de dulce. Habla más que el resto, aunque tiene que tomarse un tiempo para toser de vez en cuando.

La cita iba a ser en casa de Kenki Ta­kashima, quien se expuso a la radiación de la bomba a pocos kilómetros del epicentro, pero al ver desembarcar al extranjero, algo pasado de peso, decidieron que sus rodillas no iban a aguantar los trajines del estilo tradicional japonés.

“Descansen en paz, jamás cometeremos el mismo error”, se lee en el monumento principal del Parque de la Paz de Hiroshima. Foto: Del autor

Terminan en una mesa de madera en el patio de Shizuko Koide, flanqueada por helechos e impregnada con el olor dulce de las especias secadas al sol. Además de los tomates, en la mesa hay té y chocolates.

Shizuko tenía ocho años cuando la energía del átomo apagó más de 100 000 vidas en un instante. También estaba en la escuela ese día, porque en medio de la guerra no había vacaciones de verano.

Recuerda las decenas de cristales rotos que se incrustaron en la cara y el cuerpo de su compañera de clases, que se sentaba junto a la ventana. “Éramos más de 60 porque muchos niños de las ciudades se refugiaron en el campo para protegerse de los bombardeos”.

Esa noche alguien tocó a la puerta de su casa y ella abrió. Un desconocido pedía agua envuelto en una sábana blanca. “Pensé que era un fantasma y sentí mucho miedo”.

Cientos de personas llegaron hasta Toyama en busca de refugio. Algunos estaban en tan malas condiciones que apenas se podía distinguir si eran hombres o mujeres. La comunidad se organizó para darles refugio en templos y edificios públicos.

Las clases se suspendieron y Shizuko jugaba en el patio de la escuela donde su mamá hacía varios turnos para cuidar heridos. “Desde afuera se escuchaba el llanto de los quemados”.

El monumento a la niña Sadako, franqueado por urnas de cristal con cientos de miles de grullas de origami. Foto: Del autor

Algunos parecían sanos y morían poco tiempo después. Otros muy lastimados finalmente sobrevivieron. En los años siguientes a los bombardeos, miles de personas más fallecieron por los efectos de la radiación.

Shizuko rememora una historia que se ha convertido en un símbolo para Japón y el mundo: la de la niña Sadako y las mil grullas.

Con apenas dos años, sobrevivió la explosión de la bomba atómica en Hiroshima e hizo una vida normal hasta 1955, cuando fue diagnosticada con leucemia.

Sadako ingresó en un hospital de la Cruz Roja y otra niña enferma le contó la leyenda japonesa que promete que quien sea capaz de doblar 1 000 grullas de papel se le concederá cualquier deseo. Una versión asegura que solo alcanzó a plegar 644 y que sus compañeras completaron el resto de las que fueron enterradas junto a ella. Sin embargo, su papá dijo en un documental que dobló 1 400 antes de morir el 25 de octubre de 1955.

El Parque de la Paz de Hiroshima tiene varias urnas de cristal con cientos de miles de grullas de origami que llevan hasta allí niños de distintas partes de Japón. En la base del monumento a Sadako está inscrito: “Este es nuestro grito, esta es nuestra plegaria: paz en el mundo”.

“Menos del 20 % de los que murieron esa mañana eran militares”, dice Kenji Takashima y señala un mapa de Hiroshima con la zona de impacto marcada en rojo. “La guerra siempre afecta más a los civiles, por eso estamos en contra de todas las guerras”.

Kenji, con solo nueve años, jugaba a menos de cinco kilómetros del epicentro y sufrió los efectos directamente. “Me lastimé la parte derecha de la cara con cristales rotos y sentí como me corría sangre de las orejas”.

El amigo con el que se había encontrado esa mañana tenía la mitad del cuerpo en un pozo, pero sufrió mayores daños. Lo ayudó a salir y llegó caminando hasta la casa. Su mamá estaba enterrada entre los escombros y ayudó a rescatarla.

Un primo los auxilió y antes del mediodía salió a buscar refugio con su amigo y su mamá montados en una carretilla. “Mientras caminábamos por la calle veía a la gente como zombis, con la piel colgando como si fuera una manga de kimono”.

Recuerda que los ríos de Hiroshima estaban llenos de cadáveres. Los quemados fueron en busca del agua para saciar la sed y muchos murieron al instante.

El monumento del Parque de la Paz de Hiroshima representa esa escena. Dos bloques de piedra en forma de manos, como pidiendo ayuda, soportan una llama que solo se va a apagar el día que no haya bombas nucleares en el mundo. Todo el espacio está rodeado por el agua que buscaban los heridos. En el extremo, tallado en piedra, se lee: “Descansen en paz, jamás cometeremos el mismo error”.

Kenji y su primo encontraron ayuda en un asilo. Pero al tercer día su amigo murió en sus brazos y a su mamá le comenzaron a sangrar las encías. Al poco tiempo comenzó a caérsele el cabello. “Era leucemia y falleció después de una semana”.

“Puse los restos de mi madre en una urna y caminé más de 20 días por la ciudad antes de que mi vida volviera a comenzar”, dice.

Se creía que las zonas bombardeadas serían inhabitables por más de 70 años, pero en abril del siguiente año las flores surgieron de los escombros. “La gente pensó entonces que era posible reconstruir la ciudad”.

Aunque al principio un manto de silencio se extendió sobre Hiroshima y sobre todo Ja­pón, hoy existen varias organizaciones de hi­bakushas dedicadas a preservar la memoria de lo que sucedió. A Hotta, Kenji y Shizuko les preocupa el olvido sobre todas las cosas.

Conservan su inocencia frente a una guerra en la que no tuvieron nada que ver y ya ancianos cuentan sus historias entrecortadas con más preguntas que respuestas. Saben que dentro de poco solo quedará el recuerdo y la esperanza de que jamás vuelva a ocurrir semejante barbarie.

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